Holidays Version 0.1 (Formentera)

Desde hace quince años, mis padres pasan sus vacaciones de verano en Denia. Hace un tiempo, todos mis hermanos y yo les acompañábamos, y ahora son ellos los que disfrutan en semisoledad de aquellas playas alicantinas.
Precisamente, de aquel puerto marítimo es del que parten los ferrys con dirección a Formentera, y siempre he tenido en mente coger uno de ellos y pasar unos días en la pequeña isla. Por fin, este año, he conseguido cumplir mi sueño, con Gon y el telerín (su volkswagen polo, que tantas alegrías y disgustos nos ha dado) a mi vera.
Teníamos los maletas, los billetes y las ganas...sólo faltaba que yo saliera del curro, sobre las dos y media, y Gon vendría a buscarme, para ponernos en marcha. Bueno, pues ese aciago 31 de Julio, no salí a las dos, sino a las siete y media de la tarde. Porque nunca tengo que quedarme, ni surge ningún problema en el curro, más que el día que me voy de vacaciones. Gon, el pobre, llevaba horas esperándome, pero por fin pudimos partir. Yo había dejado un chocho de facturas sin contabilizar detrás mía, y le había encasquetado el paquete a mi jefe, porque ya estaba hasta el nabo.
Cogí la maleta, preparada el día antes (gigante, apenas cabía en el maletero del telerín; y todo esto sin saber si teníamos alojamiento en la isla o no) y un par de cedés de popurrí que había grabado para el viaje.
Un poco de pop y electrónica española, aderezados con enormes molinos de viento.
Un clásico de cualquiera de nuestros periplos por la Meseta.
Le dije a Gon que fuese dirección Albacete-Alicante, en vez de por Valencia. Por supuesto, como siempre, me equivoqué y tardamos un poquito más de la cuenta. Resulta que ahora por Valencia se va de maravilla. Yo qué sé, no tengo ni idea de carreteras.
Llegamos a Denia un poco tarde, lo justo para saludar a mis padres y tomarnos algo en el chiringuito de la playa.
Al día siguiente, amanecimos rodeados de la trepidante actividad que invadía el salón de mi casa de vacaciones a las once de la mañana. Mi hermana y su amiga desayunando, mi padre recien llegado de su paseo en bicicleta, charlando con mi madre, que venía de comprar el pan, sobre la hora a la que irían aquel día a la playa, el perro ladrando... no quedaba otra que levantarse y tomarse un buen café con mi querida hermana Laura, con la que nos echamos las primeras risas de la jornada. No recuerdo el motivo, pero sin temor a equivocarme, puedo asegurar que la mofa era a mi costa.
Después a la playa, a bañarme con mi madre y tener nuestra habitual puesta al día sobre cómo anda la vida social deniata: entre ola y ola me comenta quién anda con quién, quién no puede ver a Mari Pili, las tonterías de Menganito y el último dispendio de Zutanito. Da gusto charlar con ella más de los habituales quince minutos que suelen transcurrir entre que pone la mesa y se marcha a dormir la siesta, que es lo máximo que logro conversar con ella en mis visitas de fin de semana a Majadahonda. Por supuesto, noto que está deseando sacar el tema de Gonzalo, porque a ver, mis padres, convenciditos están de que es mi novio. Si ya les cuesta a muchos de nuestros conocidos entender que no nos hemos liado nunca, ¿qué van a pensar mis padres? Su hijo mariquita y un chico del que nunca para de hablar se van solos a una isla paradisíaca a pasar seis días dentro de un coche...pues tomate asegurado. El caso es que yo sé que ella se muere por preguntarme o tratar de averiguar algo, pero la falta de costumbre (desde el día que les dije, a los dieciocho años, que era gay, jamás han vuelto a decirme nada, a pesar de haberlo aceptado, de mejor o peor modo) se lo impide, y yo no estoy dispuesto a ayudarla. Me pasé una noche entera llorando, y completamente angustiado, antes de contarles que era marica; después de que ellos hubieran insistido durante semanas en que yo hablase con ellos, puesto que no sabían qué era a ciencia cierta, pero sí que algo pasaba. Pronto lo supieron los dos, y me aceptaron, pero nunca más se ha vuelto a hablar de ello, y eso me duele, y me hace estar un poco resentido. Parece como si en el fondo, su único objetivo fuese quedarse tranquilos, conocer el motivo de mis silencios, para una vez descubierto, y viendo que no es mortal, desentenderse por completo de mi vida. Quizá lo que pase en realidad es que yo también soy un poco cobarde, y aunque me muero de ganas de poder hablar con ellos, me niego a reconocer que sacar el tema yo puede que ayude.
Pasamos todo el día con mis padres y mi hermana, comiendo como reyes (Gon alucinó con las cantidades de comida que se disponen sobre la mesa en los banquetes veraniegos que elabora mi madre; y más aún, observando que apenas sobra nada) y durmiendo sobre un colchón, preparándonos para las penurias que podríamos pasar en la isla. Compras en el Mercadona, de cara a abastecernos de comida, horchata en Marqués de Campos (me encanta ver la cara de felicidad que se le pone a Gon sólo con probarla) y cerveza nocturna en terracita fueron nuestras últimas actividades en la Península.
Me encanta viajar en barco, y estar rodeado de mar.
Todo ello unido a que era el comienzo del plan, el principio de la separación, de la huida, aunque sólo fuese por unos días.
Como dijo Gon en un sms medio en broma: no tenía que preocuparme por nada, porque en ese ferry no habría sitio para la tristeza.
Y así fue.
Fueron seis días completamente maravillosos, que comenzaron con un extraordinario recibimiento en la plaza de San Ferrán, donde tras adquirir 10 euros de costo, nos agarramos el fumadón de la temporada, con el record nada desdeñable de cuatro porros en una hora. Todo ello, unido a las maravillosas cervezas y copas, extraordinariamente baratas, de Fonda Pepe. En dos horas, Gon era un furby con escasa o nula capacidad de reacción frente a estímulo alguno, y yo simplemente estaba como una cuba. Cogimos el fuet adquirido el día anterior y lo empezamos a devorar sin ningún tipo de respeto por las normas del saber estar, y luego, una vez saciados, me soltó las llaves del coche y me dijo que lo llevara a una calle un poco oscura para irnos a dormir. Cómo debía ir él, que me dijo que lo mejor sería que condujese yo! Por supuesto, elegí la calle que quedaba justo enfrente de donde habíamos aparcado. Sólo era capaz de meter primera y de ir en línea recta. Nada más aparqué, Gon hizo gran alabanza de mis dotes para la conducción, para acto seguido quedarse literalmente en coma, sin siquiera recostar mínimamente el asiento del telerín.
Hay que entender que éramos inmensamente felices. Íbamos muertos de miedo, pensando en qué encontraríamos, dónde dormiríamos...y nos encontramos una plaza llena de hippies majísimos que enseguida nos pasaron hachís y en la cual se podía fumar sin problemas!! Con el pedo, claro, dormimos como lirones.
A partir de entonces, el telerín fue nuestra base de operaciones: el vestidor, la discoteca, el armario, el comedor, nuestra cama...pasábamos el día entre paseos en coche, de acá para allá, recorriendo la isla, y tirados en playas de arena blanca, bañándonos en las aguas más limpias que he visto nunca. Creo que nos duchamos dos veces, en un chiringuito de playa, donde te cobraban dos euros por apenas cinco minutos de agua.
Dos amigos de sal, con ropa sucia y bocadillos de chorizo.
Sin duda, hubo momentos estelares: el primero, de noche, dentro del telerín, mientras se desencadenaba una enorme tormenta a nuestro alrededor, aparcados enfrente de la terraza desierta de un restaurante de playa, con las altas cañas de las dunas sacudidas por el viento, impresionantes rayos en el cielo y tremendas gotas golpeando el parabrisas, mientras fumábamos un porro y nos reíamos; cuando todo acabó, bajamos la ventanilla y entró un aire frío y lleno de agua, empujado por las olas, que nos meció toda la noche. El otro, en el faro de Cap de Barbaria, tras la visita obligada, al atardecer, y una vez que se puso el sol, nos quedamos fumando un cigarro, subidos a un pequeño muro de piedras, observando como, poco a poco, todos los demás visitantes se marchaban por la estrecha carretera que conducía hasta allí. La luz del sol, ya oculto, se fue apagando, hasta hacerse completamente de noche. Allí, bajo las estrellas, azotadas de manera sistemática por el haz de luz del faro, y con el rumor lejano y oscuro de las olas, nos dimos una buena sesión de after-sun, amenizados por Carlos Berlanga. El aire, la sensación de frescor, la música, el faro, las risas...lo siento, ya sé que es cursi, pero es que la vida, a veces, se parece a un anuncio de compresas, y no lo puedes evitar.
Me dio mucha pena irme, aunque teníamos en mente Londres y eso no me permitía ponerme lo suficientemente trágico y nostálgico.
Y me enamoré de Gonzalo, de mi "novio" sin sexo, porque siempre te sorprende con una nueva idea, con una duda, con un pensamiento, con una gracia o un chiste, incluso con una bordería...porque es imposible no quererle con todo el corazón.






